miércoles, 23 de diciembre de 2015

A MEDIA NOCHE

Miro hacia el cielo plagado de estrellas y me detengo en un punto fijo: allá arriba un astro brilla más que el resto. Mis ojos se dejan hipnotizar por su luz intensa, su presencia magnética eclipsa al resto de sus compañeras de viaje. Desde ese momento, cada noche me asomo a ver a mi amiga y confidente de historias cuando estoy desvelado. Siempre en el mismo lugar, su brillo me transmite confianza y a la vez parece revelar una atención infinita. Hoy vuelvo a hacer un llamamiento a mi estrella pero observo que, pese a seguir brillando, ha empezado a empequeñecer. Noche tras noche soy testigo de cómo disminuye su masa y, finalmente, se desintegra. Desaparición. Me invade una tristeza apabullante al contemplar la debilidad de la existencia, pues incluso quienes más brillan acaban apagándose. No obstante, pese a ser ya nula su presencia en el firmamento, esa estrella me ha dejado un recuerdo imborrable y sigo notando su energía cuando miro hacia el cielo. Es reconfortante pensar que al final de nuestro camino, en el último destello de nuestra luz, podremos despedirnos con la satisfacción de haber brillado en algún momento de nuestra vida, a ojos de alguna persona, tal vez desde algún balcón en mitad de la noche.

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