Recuerdos que creía guardados en algún rincón de mi cabeza, pero que siguen ahí, esperando a aparecer.
Hace poco me vino uno de aquellos momentos del hospital.
Recuerdo aquellas barras. Recuerdo cómo intentaba caminar, cómo me agarraba a ellas, daba unos pasos y me tropezaba. Me caía. Y lloraba.
Entonces me levantaba y lo intentaba otra vez.
Volvía a caer.
Y volvía a llorar.
Pero volvía a levantarme.
Aquellos días fueron duros. Días que quizá desde fuera nadie podía entender realmente. Porque hay momentos que solo los vive uno. Solo uno sabe lo que sintió, el miedo que tuvo, la rabia, el dolor y las ganas de poder hacer algo tan sencillo como caminar.
Hoy miro atrás y me cuesta creer que aquella persona fuera yo.
Aquel hospital, aquellas barras, aquellas caídas, aquellas lágrimas… todo forma parte de mí.
Y aunque hayan pasado los años, hay recuerdos que no desaparecen.
Porque hay cosas que uno no necesita contar para recordarlas.
Las lleva dentro.
Y solo uno sabe lo que costó levantarse cada vez.
Quizá por eso, cuando hoy me siento cansado o pienso que no puedo más, debería recordar a aquel que estaba allí, agarrado a unas barras, llorando después de caer… y que, aun así, volvía a intentarlo.
Porque aquel también soy yo.
